paisajismo

Jun Martínez y el reverdecimiento de la pintura

Reseña 

¿Cómo llega una serie de pinturas de flores al óleo sobre lienzo a una galería en cuyo nombre destacan las palabras “Arte Contemporáneo” en pleno siglo XXI? Si a esta pregunta se le suma el hecho de que se trata de la obra de un artista joven con una propuesta que no busca deconstruir, reinterpretar o criticar los conceptos tradicionales de la pintura que emplea, cabe preguntarse cómo encaja dentro del panorama del arte en el que el NFT es la última tendencia que reafirma que la imagen por sí misma no es arte, sino que es en virtud de un propósito ulterior. La respuesta silente de Jun Martínez, en su más reciente muestra en Walter Otero Contemporary Art, El abrazo de las fieras, es sencillamente abrasadora.

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Martínez es un paisajista sin reparos ni complejos. Curiosamente, las piezas en esta muestra –todas de gran formato excepto una– partieron de flores compradas. Junto a esta, las composiciones arregladas que casi cancelan los fondos con un horror vacui de pinceladas postimpresionistas nos tientan a catalogar la serie como naturalezas muertas, irónicamente. Pero no hay duda de que son paisajes y hay algo aún más irónico, y francamente poético, en el construir la voracidad de la vegetación salvaje a partir de sus visitas a la Finca de Rústica “dedicada a la producción y venta de flores de corte únicas en el mercado puertorriqueño”. Entre esta poesía y la insistencia en la pintura tradicional radica la pertinencia de la obra de este artista en el diverso mundo del arte actual.

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El estigma de “género menor” que le dejó la Academia francesa en tiempos de la modernidad temprana al paisajismo no lo pudieron remover ni los impresionistas del siglo XIX ni el Landart del siglo XX. Considerado inferior a los géneros religiosos, históricos y al retrato, compartía el paisaje la misma categoría que el bodegón y las escenas de género. Convirtiendo el paisaje en su principal género pictórico, los impresionistas terminaron por ser recordados por sus aportaciones técnicas en la pincelada y sus estudios lumínicos. Por su parte el Landart, utilizando el paisaje más bien como medio artístico y/o soporte, se dedicó a tratar una multiplicidad de temas que no necesariamente hacían protagonistas al paisaje.

En la pintura puertorriqueña el paisaje ha sido históricamente politizado, convertido en símbolo identitario y en escenario de momentos históricos. Hoy nos encontramos con un mundo sin géneros en el arte, de iglesias convertidas en parques de patinetas y bibliotecas, “alternative facts” que zocaban los cimientos de la historia y millones de “selfies” en las redes sociales. El mero hecho de continuar pintando implica un acto de resistencia ante la vorágine digital.

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Pintar flores deliberadamente asilvestradas, revirtiéndolas a su estado natural, se proyecta como un memento mori colectivo, a la manera en la que Anselm Kiefer declaraba “Over Your Cities Grass Will Grow” (2010). Ya no utilizando el paisaje si no que, tomándolo como su tema de estudio artístico, Martínez nos remite a la fuerza taimada de la planta que rompe el concreto y florece a pesar del mucho maltrato que haya sufrido a manos del ser humano. La delicadeza característica de la flor en este caso cede ante las proporciones exageradas en las pinturas de gran formato y el protagonismo que Martínez les confiere las hacen rivalizar contra el vasto cielo o el matorral que llena un espacio inexacto.

Sin pretensiones posmodernistas ni la intención de un renacimiento de la pintura, con una propuesta honesta cuyo poder radica en el hacer protagonista un tema poco menos que degradado durante siglos, El abrazo de las fieras enciende una luz cálida en nuestra fibra más humana. Nuestra interdependencia como parte de un ecosistema mayor nos remite a nuestra propia fragilidad como especie. Así, en alguna parte de la inconciencia arde un fueguillo que –de hacerse consciente– nos lleva a ver la belleza de la flor más allá de su color, su forma y su fragancia. Presentada como unidad mínima del paisaje en la obra de Martínez, la flor encierra en su resiliente delicadeza gran diversidad de posibilidades: oxígeno, polen, semilla, fruto, fertilidad, futuro y en fin, vida. 

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Carlos Ortiz Burgos es un autor invitado en 90 Grados. Aficionado en las artes desde su niñez, cuenta con un Bachillerato en Historia del Arte de la Universidad de Puerto Rico y actualmente cursa sus estudios graduados en la Universidad  Estatal de Florida, Estados Unidos.  Conoce más sobre su trabajo en carlosortizburgos.com

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