Un fino hilo comunicacional unía nuestras voces. Ella en Panamá, yo en Puerto Rico. La delicadeza de su tono entraba tenue por mi oído que competía con el ruido musical de aquel café. Me moví entre las mesas como si eso pudiera aplacar el estruendo del mediodía. Achiné los ojos e incluso tapé mi oreja derecha en un intento raro de escucharla mejor, mientras hacía malabarismos para escribir las notas. Continuar Leyendo