Mayra Santos-Febres: Reescribiendo Nuestra Historia (Primera Parte)

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Para conmemorar el mes de la mujer, resaltamos la labor de 4 mujeres puertorriqueñas que se han destacado en el ámbito profesional. En esta edición, la escritora Mayra Santos-Febres comparte con nosotros cuál ha sido su experiencia laboral en el contexto de la lucha por la equidad de género.

¿Has encontrado obstáculos ejerciendo una profesión históricamente dominada por hombres?

Creo que toda mujer profesional se tiene que preparar en su vida y carrera para hacerle frente a los obstáculos de género. Es imposible pensar que en una historia global en donde, por ejemplo, aquí en Puerto Rico que las mujeres obtienen el voto en 1932 y que hubo 2 siglos de colonización sin que la mujer pudiese ir a educarse, de repente, en menos de cien años, una mujer no tenga obstáculos en su carrera para ejercer su vocación y su profesión.

Sin embargo, en Puerto Rico ha habido mujeres de avanzada que desde el siglo 19 han roto esos techos de vidrio, y hemos tenido gobernadoras, senadoras y grandes intelectuales que han abierto la puerta para que todas nosotras podamos entrar. Ha habido obstáculos, pero también muchas victorias.

¿Nos puedes compartir una experiencia en donde hayas vivido algún tipo de discrimen en tu profesión?

La palabra experiencia, si lo pensamos como personal, se queda corta. Puerto Rico es un país heredero -al igual que toda América, África, y Europa- de la trata esclavista, y, por lo tanto, somos herederos de un racismo institucional, además de un racismo personal. En Puerto Rico muchas veces no discutimos el racismo institucional, lo que se llama racismo epistémico. Todas las instituciones -desde educación, salud, vivienda, medios de comunicación, y el trabajo- están impregnadas de racismo. Por eso hay unas leyes anti-discrimen que tratan de reparar el empobrecimiento que es consecuencia de esa historia.

Tengo muchas experiencias, pero sobre todo de racismo institucional. Una de ellas fue cuando traté de crear una serie de cursos de diversificación académica dentro de mi departamento de estudios hispánicos. Por el nombre, ya sabrán que es un departamento con una historia muy hispanófila que se creó por Margot Arce de Vázquez, por Antonio S. Pedreira, Concha Meléndez, entre otros; autores que hicieron muchas cosas innovadoras, pero se olvidaron del estudio de la raza y de la racialización en Puerto Rico.

Cuando intenté que se llamara “Departamento de Estudios Literarios”, para no casarse con una influencia particular, hubo resistencia, y solo me dejaron dar algunos cursos, como Literatura Caribeña y Raza y Literatura Puertorriqueña. En ese departamento yo me iba sintiendo incómoda porque mi preparación es en estudios afrodiaspóricos, en teoría crítica y en literatura global. Esa fue una las razones por las cuales me mudé a la facultad de Estudios Generales que es transdisciplinaria y tiene mucha más flexibilidad para hacer esto.

En un momento dado, después del asesinato de George Floyd, hablé con el entonces rector de la Universidad de Puerto Rico, el doctor Luis A. Ferrao, y le dije que si no nos daba un programa de estudios de afrodescendencia y racialización, yo renunciaba e iba a formar un revolú internacional…Soy capaz de hacerlo, muy capaz… Él dijo que sí, pero no tenía fondos. Como también soy muy capaz de escribir propuestas, nos ganamos una propuesta inicial de 700,000 dólares por tres años para desarrollar 25 cursos en estudios en afro descendencia y racialización.

The Mellon Foundation quedó tan complacida con nuestro proyecto, que nos renovaron la asignación de fondos a 1,8 millones -el doble y un poquito más- para crear un centro de investigación y archivo virtual afro que recoja el trabajo de artistas gráficos, visuales, literarios, filósofos y teóricos en Puerto Rico. Vamos a tener un archivo a nuestra altura y capacidad, y vamos a hacer que la Universidad de Puerto Rico -que siempre ha estado a la vanguarda en la lucha antirracista- también honre el trabajo de sus docentes e investigadores, sus decanos y sus administradores, y nos ayude a completar nuestra visión de mundo como puertorriqueños, como caribeños y como seres humanos.

¿Te has enfrentado a prejuicios durante tu carrera profesional?

De todo tipo. Al nacer en un país como Puerto Rico -en mi caso de una abuela que solo tuvo una escolaridad de sexto grado, como muchos de nuestros mayores y mayoras- nosotros formamos parte de un país jíbaro y cimarrón, un país que se ha hecho a pulmón. Mucha gente piensa que vivimos recibiendo la limosna de Estados Unidos, pero eso no es cierto; hay que revisar la historia de toda nuestra gente. Sí hay prejuicio, pero sobre todo hay dificultades, dificultades económicas.

Todavía nuestros estudiantes están encarando unas dificultades económicas grandes; hay estudiantes que no tiene que comer, y que están en la universidad. Yo he tenido estudiantes que son de otros pueblos de la isla que viven en sus carros y no tienen donde vivir. Tienen que estar dos horas p’alante y p’atrás pa terminar un bachillerato. Aquí, de verdad, hay una juventud comprometida con su desarrollo contra viento y marea, y eso no se dice.

Esos prejuicios económicos son importantes. Si los vemos en el contexto de las mujeres, las personas racializadas y las personas de territorios que no estén encuadrados en la zona metropolitana, entonces, sí hay prejuicio.

En mi caso, creo que más que prejuicio, ha sido falta de fe. No hay apoyo en Puerto Rico para las intelectuales ni los literatos, -aunque tienen esta cara y este cuerpo tan hermoso y esta piel tan relumbrante y linda- y nos damos contra la pared de la realidad. Recuerdo que cuando estaba en el Festival de la Palabra -antes de que yo supiera lo que era hate mail– y era la directora del festival, empecé a recibir hate mail que decía “cómo es posible que una negra como tú sea la cara de la literatura puertorriqueña”.

Inmediatamente llamé a mi gente, mis amigos, mis estudiantes de antaño que estaban en el colegio de abogados, y eso paró porque la gente que salió a defenderme era muchísimo mayor que la que me estaba atacando. Hay un apoyo de la comunidad impresionante; de la familia, de los amigos y de los estudiantes. Así que sí lo he recibido, pero, sobre todo, he visto el gran amor y la lealtad de un pueblo que te arropa con un “manto sagrado” y te ayuda a seguir para adelante.

¿Cuál es la injusticia más grande contra la que has luchado en tu profesión?

La injusticia más grande por la cual vivo, sobre todo como escritora, surge porque los escritores y las escritoras en Puerto Rico -que somos una gente que acaba de nacer de manera colectiva en los años 70, 80 y 90- (aunque había una que otra escritora antes; como Julia de Burgos y Carmen Alicia Cadilla que estaban solas peleando; sobre todo en contra del empobrecimiento) no hemos tenido casi ninguna oportunidad de edición; hemos recibido muy pocos premios y muy poco reconocimiento.

Los creadores de conocimiento en Puerto Rico no contamos con apoyo institucional ni con el Instituto de Cultura, y ni hablemos del comité olímpico y nuestros deportistas; soy hija de un pelotero así que lo sé. Eso es lo más que duele porque muchas veces una persona tiene que editar, publicar y distribuir su propio libro. Esa ha sido la dificultad más grande.

Decidí hacer un doctorado -tuve suerte, era estofona- y conseguí esta plaza en la Universidad de Puerto Rico que -aunque hay que trabajar como el diablo- me da el apoyo de un salario constante para poder producir en verano. Yo no doy clase en verano porque me encierro a escribir mis manuscritos, y esos son veranos pagos para traer gloria a la Universidad, para traer eventos y para que vengan escritores. Traigo constantemente escritores a la Universidad; el trabajo que hacemos nosotros como profesores es bien grande. No niego que mi salario es bueno, -para lo que se ganan un puertorriqueño promedio que es una cosa vergonzosa- pero podría ser mejor; debería ser mejor para todos. Esa ha sido la dificultad más grande que hemos tenido; trabajar sin apoyo institucional. Sobre todo por parte del ministerio de educación y cultura. En muchos otros países se trabaja conjuntamente; por ejemplo, creando libros de texto. De esta forma, apoyas a los escritores y las escritoras para que puedan ir a visitar escuelas de manera concertada, y no que las maestras tengan que estar buscándonos. Así, podemos seguir apoyando el desarrollo de la literatura en Puerto Rico. Se cae de la mata; no es tan difícil.

 

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