Existencia Sublimada De Marisol Plard, Ser o No Ser: Fin De La Cuestión

Llega Marisol Plard otra vez a El Kilómetro, ese espacio de Santurce que no es solo galería, sino el sitio al que va todas las semanas a hacer sus labores de limpieza y cuidado. En esta ocasión, Subsistencia sublimada se propone como colofón de un trabajo artístico en tres tiempos compuesto, además, por Mucama Project (2016) y Turistification (2023).

Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el trabajo de cuidados no remunerados representa aproximadamente el veintiuno porciento del PIB regional y está en la base del mantenimiento de otras labores que generan bienes y servicios invaluables para las comunidades y las economías de los países[1]. Más allá de ello están los trabajos de limpieza y mantenimiento para los que sí se contratan a las personas, generalmente mujeres porque -no tengamos dudas- este tipo de actividades sigue estando atravesado por cuestiones asociadas al género, la raza y las clases sociales. En ambos casos, se trata de labores que, de manera general, son invisibilizadas o estigmatizadas en contextos donde se ponderan más la productividad y la especialización profesional como parte del engranaje del capital.

En algún punto de su carrera profesional detrás de las cámaras, Marisol decidió irse a Chicago a estudiar un Máster en Artes y luego regresó a Puerto Rico. Pero como en nuestros contextos insulares un grado académico no siempre es garantía de estabilidad económica, a veces elegir sobrevivir dignamente preservando algo de libertad se erige como alternativa a los conformismos y pactos del mainstream. Por ello, hace más de una década esta artista va desmenuzando y componiendo a la vez, organizando y mostrando los espacios físicos y el complejo universo de relaciones que permiten, median, facilitan y sostienen la limpieza. En una decisión de carácter vital, tanto su labor de orden y cuidado de lo que es de/para otros, como los desechos de un airbnb o de una galería son puestos en un sitio digno de ser atendido, mirado, escudriñado, cuestionado.

La decisión de convertir su trabajo en arte a partir de procesos de documentación que utilizan la fotografía y el video como medios fundamentales es, a no dudarlo, de una intención y trascendencia políticas apabullantes. Al conformismo se sobrepuso la voluntad irredenta de no dejarse aplastar por un sistema del arte que privilegia a los hombres y a unas manifestaciones artísticas sobre otras, al capitalismo que premia la productividad y no la creatividad, a un sistema-mundo donde las mujeres empobrecidas y revolucionarias que no se suman a la comparsa del stablishment son desplazadas y desechadas.

¿Qué es lo político sino la posibilidad de dar voz al silencio, de hacer visible aquello que se encuentra oculto?

El reparto de lo sensible hace ver quién puede tener parte en lo común en función de lo que hace, del tiempo y el espacio en los cuales esta actividad se ejerce. Tener tal o cual “ocupación” define competencias o incompetencias respecto a lo común. Eso define el hecho de ser o no visible en un espacio común, dotado de una palabra común.[2]

Si tomamos en cuenta este brevísimo planteamiento de Rancière en El reparto de lo sensible, el hecho artístico ocurre ahí cuando Marisol decide inscribir una acción común como posibilidad para la creación, cuando apuesta por sublimar -con toda la carga filosófica y simbólica de la palabra- el trabajo de limpieza y quien lo realiza como sujetos del discurso del arte. Ella hace que lo cotidiano se apodere de la rimbombancia y solemnidad de la inauguración y el intercambio transitorio con el público que asiste a la galería para diluir, una vez más, las fronteras entre la praxis artística y la vida misma.

(Suministrada)

A diferencia de las dos muestras anteriores, también expuestas en El Kilómetro 0.2, la artista aparece frente y no detrás de la cámara. Finalmente sale del anonimato visual que suponen imágenes donde la no presencia humana es leitmotiv, del voyeurismo que observa y documenta como preámbulo a este cierre magistral en el camino hacia la visibilización de su trabajo dual como sujeto que ejerce cuidados y como artista. En cada una de las fotografías se muestra junto a las obras de creadores que han sido incluidas en exposiciones en la galería, cuya presencia allí y su recepción han sido posibles en buena medida porque Marisol se ha mantenido limpiando y ordenando el espacio una y otra vez. Por tal razón, se/les muestra juntos, en una operación que simbólicamente la sitúa en contrapunto con lo que está expuesto y cuestiona su lugar dentro del sistema del arte puertorriqueño. A su vez, influenciada por obras como la película El color de la granada (Sergei Parajanov, 1969) y la performance Semiotics of the kitchen (Martha Rosler, 1975) se graba en el continuum de la labor de limpieza que ejecuta como secuencia entrecortada para hacernos detener en cada acción, para ralentizar -a pesar de la velocidad con que corre el video en su edición final- la manera en la que prestamos atención a aquello que nos ha sido negado o que hemos dejado de atender por voluntad propia.

Es muy singular la manera en la que se presentan las fotos para esta muestra, de acuerdo a sus características formales y de montaje. Artista multidisciplinaria por excelencia, amante de las posibilidades expresivas de todos los medios y aprendiz desde la cuna hasta la tumba, propone una simbiosis entre fotografía, video y pintura que va más allá de una mera exploración de manifestaciones. El juego con el glitch, que viene del mundo audiovisual, es utilizado como recurso expresivo para hablar conceptualmente del error, de lo imprevisible, aunque en este caso haya sido totalmente intencional. Se percibe una lucha de tensiones entre los colores estridentes de una imagen distorsionada que cuestiona las insuficiencias y los límites del mundo del arte, de la imagen perfecta que puede ser coleccionada; habla sobre la posibilidad de que un artista pueda vivir de su trabajo y cuestiona, quizás por primera vez dentro de la trilogía de manera frontal, la precariedad de un sistema que se rige por intereses y sesgos extraartísticos.

Desde el punto de vista visual, atenta ex profeso contra lo impecable de los principios de la composición fotográfica, alterando planos y perspectivas, tirando de la imagen hacia un lado u otro hasta condensar el fallo. Para completar el recorrido decide imprimir sobre lienzo un único ejemplar de cada obra, en un coqueteo con la pintura, cuyo lugar jerárquico dentro de las manifestaciones artísticas en Puerto Rico pone de relieve las desigualdades en la exposición y comercialización de otras propuestas.

Esta operatoria, a su vez, forma parte de esos nuevos caminos e intereses que la artista ha comenzado a explorar y formará parte de sus próximos proyectos. De tal suerte, la muestra que inaugura Marisol es un acto de valentía y una reafirmación de su condición de creadora multifacética. Cierra un ciclo de casi diez años entre esta y la primera exhibición de una saga que nos ha permitido acompañarla en el tránsito hacia la sublimación de su existencia como último recurso, como cuestión definitoria de su identidad.

[1] Cfr. Nicko Nogués, Los cuidados son la infraestructura más crítica del siglo XXI. Disponible en:  https://elpais.com/america-futura/2025-07-17/los-cuidados-son-la-infraestructura-mas-critica-del-siglo-xxi.html: 

[2] Jacques Rancière. El reparto de lo sensible. Santiago, LOM Ediciones, 2009, pp. 9-10.

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