Biotopías: Cuando El Territorio Nos Devuelve La Mirada

Una lectura de la exhibición de Luis Gabriel Sanabria, curada por Raquel Pérez Puig, en Nuestro Barrio Warehouse.

Texto por: Arq. Javier De Jesús Martínez

Puerto Rico está lleno de lugares que guardan las huellas de aquello que alguna vez imaginamos como progreso. Infraestructuras que prometieron desarrollo, instalaciones que tuvieron un propósito y luego fueron abandonadas, paisajes transformados por decisiones industriales, militares, urbanas y económicas cuyos efectos permanecen mucho después de que desaparecieran las circunstancias que las produjeron. Son fragmentos dispersos de una historia territorial que conocemos, aunque pocas veces tenemos la oportunidad de mirar juntos.

Biotopías, del artista Luis Gabriel Sanabria, bajo la curaduría de Raquel Pérez Puig, los aproxima y los hace conversar. En Nuestro Barrio Warehouse, la exposición construye una geografía en la que máscaras, vestuario, cerámica, fotografía, video y performance conectan lugares distantes y revelan algo que comienza a hacerse evidente mientras recorremos la sala: cuando las huellas se colocan unas junto a otras, dejan de parecer episodios aislados y comienzan a revelar patrones.

El propio título contiene una clave. Biotopías surge del encuentro entre biotopo y utopía, entre el territorio que sostiene la vida y nuestra capacidad para imaginar otras maneras de habitarlo. Esa posibilidad, sin embargo, se enfrenta aquí a un paisaje atravesado por décadas de ocupación, industrialización, deterioro y abandono. El territorio que encontramos no es una superficie vacía sobre la cual proyectar nuestras aspiraciones. Es un organismo cargado de memoria.

Y sobre ese territorio aparece el vejigante. Su presencia resulta particularmente poderosa. Una figura profundamente vinculada a nuestra cultura popular y al imaginario carnavalesco puertorriqueño abandona momentáneamente el espacio de la fiesta para internarse en otro paisaje. Junto a él aparecen criaturas provenientes de relatos y mitologías locales, transformadas por Sanabria en una nueva constelación de personajes. Ya no están allí solamente para representar una tradición. Están allí para mirar. Para señalar. Para advertir.

En las fotografías, estas figuras comparecen frente a antiguos espacios militares, complejos industriales, vertederos, infraestructuras abandonadas y territorios afectados por contaminación o deterioro. El paisaje deja entonces de ser fondo. Se convierte en evidencia. Ese desplazamiento es fundamental.

Porque al reunir estas geografías, Biotopías permite comprender como patrón aquello que aisladamente podríamos interpretar como accidente. Una instalación abandonada aquí. Una infraestructura obsoleta allá. Un terreno contaminado. Una escuela que dejó de funcionar. Un cementerio de automóviles. Un vestigio militar. Una operación industrial cuyo protagonismo económico desapareció mientras sus consecuencias permanecieron inscritas sobre el suelo. Vistos individualmente son lugares. Vistos juntos, cuentan una historia.

Es la historia de una relación con el territorio construida demasiadas veces desde modelos que se posan sobre él, en lugar de emerger de sus condiciones. Modelos económicos, industriales, urbanos y de movilidad que en algún momento fueron presentados como signos de progreso y que, décadas después, permanecen entre nosotros convertidos en ruinas, contaminación, superficies impermeabilizadas, estructuras vacantes o paisajes profundamente alterados.

El automóvil ofrece quizá una de las imágenes más elocuentes. Durante generaciones organizamos buena parte de nuestro territorio alrededor de él. Construimos carreteras, estacionamientos, urbanizaciones y patrones de ocupación que privilegiaron su movimiento. Pero el ciclo no termina cuando el automóvil deja de funcionar. También queda su cuerpo. Y esos cuerpos acumulados terminan produciendo otro paisaje, el del junker, donde aquello que alguna vez representó movilidad termina convertido en inmovilidad territorial.

Ahí reside una de las fuerzas de la exposición: hacer visible la acumulación. El territorio acumula nuestras decisiones. Acumula aquello que construimos y aquello que abandonamos. Acumula las consecuencias de modelos que tuvieron un comienzo, un período de auge y eventualmente un final, aunque sus impactos ambientales nunca hayan terminado realmente con ellos. El paisaje se convierte así en archivo de nuestras prioridades.

Frente a ese archivo, las criaturas de Sanabria adquieren otra dimensión. El vejigante parece reconocer algo que nosotros todavía estamos intentando comprender. Su aparición puede leerse como alerta, pero también como anticipación. Mira hacia las ruinas del pasado mientras parece advertirnos sobre las ruinas que todavía podemos evitar. Porque Biotopías no habla únicamente de aquello que ocurrió. Habla también de nuestra extraordinaria capacidad para repetir.

Cada generación recibe nuevas promesas. Nuevas infraestructuras. Nuevas inversiones. Nuevas maneras de nombrar el desarrollo. Algunas transformarán positivamente nuestra vida colectiva. Otras podrán esconder, detrás de su condición prometedora, relaciones con el territorio cuyos verdaderos costos solamente serán visibles cuando haya desaparecido el entusiasmo que las acompañó.

Por eso mirar las ruinas importa. No como ejercicio de nostalgia ni como contemplación del deterioro, sino como instrumento para imaginar el futuro. Las ruinas contienen información. Nos permiten reconocer patrones, entender consecuencias y preguntarnos qué decisiones estamos tomando hoy cuyos efectos permanecerán mucho después de nosotros.

Es ahí donde encuentro quizás la dimensión más profundamente biotópica de la exposición. La utopía que propone no parece ser la imagen de un territorio perfecto. Es algo más complejo y, quizá, más urgente: la posibilidad de aprender a coexistir. Reconocer que territorio, comunidad, cultura, infraestructura y naturaleza forman parte de una misma ecología y que intervenir una de esas dimensiones inevitablemente transforma las demás. El vejigante se convierte entonces en algo más que una referencia cultural. Se convierte en defensor del territorio. Su máscara no oculta. Revela.

Su presencia carnavalesca introduce humor, extrañeza e imaginación allí donde podría haber solamente denuncia. Y esa operación es importante porque Sanabria no nos conduce exclusivamente hacia el desastre. Nos devuelve también la capacidad de imaginar. Frente al deterioro, inventa criaturas. Frente al abandono, construye relatos. Frente a territorios heridos, activa cuerpos capaces de recorrerlos, habitarlos y confrontarlos. La imaginación aparece así como una forma de conciencia territorial.

También Nuestro Barrio Warehouse se transforma con la exposición. La sala demuestra su capacidad para dejar de ser simplemente espacio expositivo y convertirse en dispositivo de interpretación. El visitante transita entre objetos, cuerpos, imágenes y paisajes mientras recorre, simbólicamente, distintas geografías del archipiélago. La sala se convierte en Puerto Rico por un instante.

Un Puerto Rico fragmentado y simultáneo, donde territorios distantes comienzan a conversar porque comparten las huellas de decisiones que, vistas en conjunto, revelan algo sobre nosotros. Esa posibilidad resulta particularmente significativa para Nuestro Barrio. Un espacio cultural alcanza otra dimensión cuando permite que el arte no solamente sea mostrado, sino que produzca preguntas sobre el lugar que habitamos. Cuando una sala puede convertirse en mapa, archivo, foro, paisaje y provocación, también amplía las posibilidades de aquello que entendemos como infraestructura cultural.

Quizás por eso Biotopías reviste tanta importancia. Porque Luis Gabriel Sanabria y Raquel Pérez Puig nos colocan frente a una geografía que conocemos, pero que pocas veces contemplamos simultáneamente. Y al hacerlo, algo cambia. Los lugares dejan de ser excepciones. Las ruinas dejan de ser anécdotas. Los abandonos dejan de estar aislados.

Aparece el patrón. Y en medio de ese paisaje aparece nuevamente el vejigante. Nos mira. Reconoce lo que hemos dejado atrás. Recorre aquello que todavía permanece. Y parece adelantarse hacia un territorio que aún no existe, recordándonos que cada futuro que prometemos termina, inevitablemente, convirtiéndose en el paisaje que alguien tendrá que habitar.

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