Resumen
El presente ensayo aborda la propuesta plástica del artista Luis Larrazábal a partir de su más reciente exposición individual, Sentimientos Rasos. Esta muestra, concebida como un proyecto de carácter itinerante, tiene como propósito ofrecer una visión representativa de su producción artística reciente, articulando un recorrido por los dramas temáticos que configuran su lenguaje visual.
El artista
Luis Larrazábal nació en Guatemala en 1948. A los 28 años adoptó a Puerto Rico como su segunda patria, y desde entonces, por casi cinco décadas, ha cultivado una vida dedicada al arte y a la conservación. Su carrera ha estado marcada por una profunda inquietud creativa y una pasión genuina por las artes plásticas.
El artista posee una sólida formación académica, y una trayectoria diversa y rigurosa. En Guatemala, trabajó en la escuela de pintura de José Rajas Mass y se formó en el taller de conservación de Luis Álvarez. Fue galardonado durante dos años consecutivos en los certámenes de arte del Instituto Normal Central Nocturno de Guatemala. Más adelante, en Chicago, amplió su formación en el campo de la arquitectura. Finalmente, en Puerto Rico, completó un Bachillerato en Arte y Educación en Escuela Secundaria en la Pontificia Universidad Católica de Ponce, donde cursó estudios como estudiante becado de honor.
Se dio a conocer como conservador, profesión que ejerció durante diez años en el emblemático Museo de Arte de Ponce. En este campo, ha alcanzado reconocimiento nacional e internacional, desarrollando talleres, ofreciendo conferencias y actuando como consultor experto. A la par con su labor técnica, ha mantenido activa su producción como artista plástico, cultivando una obra sólida y coherente.
La obra
Llegué a la exposición Sentimientos Rasos, presentada en la sala de la Compañía de Turismo del Viejo San Juan, y fui recibido por un artista lleno de entusiasmo y energía. Compartimos un diálogo profundo sobre su obra, su inspiración, su técnica, sus preferencias, y su amor por Puerto Rico, que se manifiesta con fuerza en su producción artística. La visita transcurrió velozmente, sumergidos en un recorrido que abarcó obras desde sus inicios hasta creaciones recientes, destacándose tanto pinturas como esculturas.
Una de las piezas que más captó mi atención fue Colobio (2019), una escultura en medio mixto. Se trata de un árbol arrancado, sacrificado por la naturaleza, que Larrazábal transforma — mediante un acto casi alquímico— en una obra escultórica. La pieza se erige como epicentro de la sala: observada, fotografiada, y comentada con gestos de admiración, conciencia e impacto. Desde lo estético, Colobio revela una garra de águila, realista y poderosa, tallada con precisión. Las garras, con sus estrías y volumen, emergen orgánicamente de las raíces, integrándose al cuerpo del tronco. Desde lo simbólico, la pieza resuena con una fuerte carga política: evoca la relación colonial de Puerto Rico con los Estados Unidos, sin caer en discursos partidistas. A nivel sensorial, transmite la tensión de esas garras que capturan, aprietan o resisten ser vencidas.

En otra faceta de su trayectoria, Larrazábal nos presenta una obra temprana de corte surrealista: Ideología de un Poeta (1976), un óleo sobre tela que remite a la estética daliniana. Es un paisaje onírico, donde la lógica cede ante la imaginación, y donde lo real se funde con lo irracional. La paleta de esta obra anticipa, en forma y color, la evolución cromática de su lenguaje plástico actual.

En Mujer con sombrilla (1977), obra de influencia cubista, el artista disfruta visiblemente del proceso creativo. Las formas geométricas, el manejo de la luz, y una paleta de tierras y verdes contrastados con rojo, construyen un equilibrio compositivo que anticipa el dominio estructural que caracterizará su obra futura. El mango de la sombrilla, en marcada diagonal, dinamiza la escena y evidencia una conciencia técnica rigurosa.

Una de las expresiones más significativas de nuestra puertorriqueñidad es la música tradicional, nuestro típico le, lo, lai. Larrazábal capta su esencia en Le, Lo, Lai (1994), un óleo que vibra con movimiento, tierra y cielo. Nada está al azar: la composición está cargada de símbolos culturales distribuidos con precisión. El güiro, la púa, el trovador y la bailadora jíbara convergen en una escena festiva, que alude tanto a la celebración como a la identidad. El cielo azul y la tierra fértil de Borinquen enmarcan esta pintura que se convierte en un canto visual a la puertorriqueñidad.

La obra Prometeo (2006), dibujo al carboncillo, es profundamente simbólica. Inspirada en el mito griego del titán que trajo el fuego a la humanidad, la pieza comunica tres lecciones esenciales: el conocimiento como herramienta de libertad, la importancia de dominar el dibujo como base del oficio artístico, y la madurez técnica del propio Larrazábal. Esta obra es también un autorretrato velado: Prometeo es el artista mismo, con su fuego, su sabiduría, sus luchas y sus luces interiores. Es una obra que revela con intensidad su mundo interior, un grito de pasión, conocimiento y vida. Comparte sus ángeles y demonios, en un canto a la sabiduría y un conjuro de pasión, lucha y vida. Su vulnerabilidad es su Fortaleza.

En Alegorías de Victorias (2010), Larrazábal nos invita a contemplar las conquistas humanas. Esta obra abstracta, en óleo sobre tela, utiliza líneas curvas, color y simbolismo para representar la celebración y el triunfo. Elementos como un birrete, un ramo de flores, una mano expresiva o un rostro lleno de felicidad emergen dentro de una atmósfera de fiesta. Es un homenaje a la perseverancia, a las luchas cotidianas y al gozo del logro.

Conclusión
Luis Felipe Larrazábal Mejía es una figura esencial en el panorama artístico y cultural de Puerto Rico. Su destacada trayectoria combina, de manera ejemplar, la práctica artística con una profunda vocación por la conservación del patrimonio. A lo largo de su carrera, su compromiso con la preservación de obras de arte ha contribuido significativamente a salvaguardar la memoria visual y cultural del país. Paralelamente, su producción plástica constituye un valioso legado que ofrece una mirada sensible, crítica y profundamente enraizada en los contextos sociales e históricos que le rodean. Consciente de su doble pertenencia, Larrazábal entrega esta obra a Puerto Rico, su segunda patria, como testimonio de gratitud, identidad y pertenencia.
