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El libro de los conjuros de Irizelma Robles o la pérdida del miedo ante lo conocido

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Nota: Prometo que todo lo que sigue a continuación es verdad.

Entré limpia y despojada al ritual de la lectura. Algo -muy breve, pero vivaz- había escuchado acerca del libro; suficiente para querer engullirlo con la fiereza pobre del dolor no correspondido. No quise leer — con anterioridad — biografías ni entrevistas ni opiniones. Tuve miedo de que ese acto de adelantarme trajera sobre mí la maldición de apropiarme de la insistencia de otros en decir esto o aquello. 

Creí — como si la conociera, como se les cree a los amigos — en el título que le da nombre a las ochenta y tres páginas. De modo que preparé el altar con los cuarzos que me han visitado por lustros, encendí el incienso, me hice una limpia con salvia. Se acercaba la hora maestra de las once y once. Comencé. 

Tan pronto habité la dedicatoria sentí un dolor tierno: “a mi madre”. Quise comunicarme con la autora para decirle: “yo también”. Descarté la intención. El encantamiento ya había provocado el primer vértigo. Le siguieron los poemas, sencillos en la composición de su longitud; claros y amargos en la atribución de sus símbolos. Pero en esa intensidad del regusto también algo o mucho de suavidad, de fruto verde. 

Y en ese relato histórico de pieles, de cuerpos que parecían o perecían envueltos en una psique atribulada, se repitieron palabras como mantras: cera, descarnado, tela, oro, barro, lenguaje, metales. Además, el fuego en sus vertientes de la luz y animales como si la escritora/narradora invocara a algún tótem protector. «En una de sus páginas/la alquimia toma forma/de animal que arremete contra/la pobreza mineral del instante/En otra de sus páginas/el animal me mira». (Poema Aleación, página 33).

Irizelma Robles en la exhibición de la artista Elizabeth Robles con su pieza escultórica llamada “Presencia”, leyendo el poema “Soy tu hija, la muertera”. Foto suministrada.

Fui encontrando en las cuatro partes del poemario (La alquimista, El libro de los conjuros, Los juguetes de la alquimia, Mal de ojo) la convocatoria a los pasajes del pretérito, el de ella, el mío. Mas no fue hasta Los juguetes de la alquimia que el balde frío de agua entumecida me cayó hasta hincharme el recuerdo, hasta desaparecer al olvido. Hice un breve y desgarbado dibujo en la libreta donde tomaba notas sobre lo que leía: una paloma me miraba insistente a través de la ventana de cristal que nos separaba; yo, en una cama de hospital de voz cercenada, y sus ganas de volar, luego de haberle inyectado la anestesia. «La cama verde, de plástico/La cárcel, las restricciones, el pasillo,/escribir solo con lápiz,/prohibido lastimarse aunque sea por dentro/Ahogo y adormecimiento,/imposible hilar fino,/tejer historias/En este cementerio/Lezama es un fragmento,/limadura de hierro, imán». (Poema Hierro, página 42). 

Me hirió con la pujanza de la parturienta que repite su dolor y la bienaventuranza. La escritora/narradora me había asestado el cuchillo de mi mala parición. Hasta que rememoré que en el poema que da nombre al libro ya se me había advertido que quien se atreviera a leer no podría cargar el miedo. 

En lo que a veces se propone como receta (Poema Oro y barro, página 19)  — de comida o ¿médica? —, fue una revisita a los despachos psiquiátricos donde intentaban ponerle una etiqueta barroca a mi ser doliente. Fue además un leve acercamiento a los otros que he deseado amar. Leve porque el poemario siempre me quiso para él, que pensara solo en mí. 

Concluye “poeta”, la última palabra que destila el libro. Retomo la portada. Una página blanquísima de letras inacabadas y el tono violeta, fulgurante. Violeta, el color de la transmutación, columpiándose en la bienvenida. Sin duda, de aquí sales convertida en algo que era lo de antes y también un poco más o menos. No queda claro en lo que uno se transforma, pero sí que ya está más cerca de ser algo semejante a lo distinto. Y no es que el dolor ya no duela sino que el dolor acontece desde otro espacio que como levitación se ve desde el ángulo superior del caleidoscopio. 

La poeta nombrada Irizelma Robles. El poemario titulado El libro de los conjuros. Nosotros, tú y yo, en el filo de una puerta desde donde vemos el largo corredor de la memoria.

Portada de “El libro de los conjuros”. Foto: Valeria Falcón.

El libro de los conjuros de Irizelma Robles está disponible en Casa Norberto, ubicada en el tercer piso de Plaza Las Américas. Para información, comuníquese al 787-705-4695 o acceda a la página de Casa Norberto Libros & Cafébar en Facebook.

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El libro de los conjuros
Autora: Irizelma Robles Álvarez (Puerto Rico, 1973)
Páginas: 83
Género: Poesía
Primera edición: 2018
Editorial Folium

 

Foto de portada: Irizelma Robles. Foto por ADÁL, 2018.

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