Emilio del Carril y el ingenio de un padre que escribe microuniversos

en Diseño/Entrevistas por

“¿Qué pregunta no te han hecho que te gustaría responder?”, le cuestioné curiosa. Su respuesta fue inesperada. “¿Qué yo quisiera ser en la vida?”, me dijo. Así que le devolví la pregunta: “Entonces, ¿qué quisieras ser?”. “Bailarín de ballroom”, respondió sin titubeos. Confieso que sus inesperadas contestaciones me provocaron la introspección. ¿Cuántas veces contemplamos a alguien en la exuberancia de su gestión personal y profesional, y no logramos imaginar lo que yace sostenido en las esferas de su llama vital?

Conozco su dulzura, la suavidad en el trato, su sensibilidad. Sé de su ingenio puesto en libros, de la transformación de su timidez ante un auditorio lleno de gente. Lo habría pensado escritor desde su primer hálito de vida, pero no siempre fue así o, al menos, eso es lo que rememora su mente  —quizás su espíritu sí haya reconocido la vocación mucho antes. “Yo nunca pensé que iba a ser escritor”, expresó Emilio del Carril. “Yo siempre quise ser cura o pastor”, afirmó para explicar que su abuela Juanita Carril le leía las historias de la Biblia todos los sábados. De ese modo, encontró fascinación en la mitología bíblica.

Fue en una tarde durante la que compartía con una amiga en la playa que, al sumergirse y volver a la superficie, pronunció: “Voy a ser escritor”. “En mis primeros años como tecnólogo médico jamás pasó por mi mente escribir. Estaba tratando de sobrevivir en lo que era la tecnología médica. No es hasta un poco antes de que Emilio (su hijo) nazca que empiezo a redactar un diario”, contó el narrador. Posteriormente, cuando el niño se queda por primera vez con él, supo que tenía el potencial de poner toda su creatividad para inventarle historias.

Para dirigir su energía creativa, Emilio decidió tomar aproximadamente diez cursos cortos con el escritor Luis López Nieves. Luego completó la Maestría en Creación Literaria, ofrecida por la Universidad del Sagrado Corazón. Fue el primer egresado de dicha maestría. “Se me contrata como profesor, consigo una beca para el doctorado (en Literatura Puertorriqueña, en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe) y en 2007 publiqué mi primer libro 5 minutos para ser infiel y otras divagaciones testiculares”, recordó el artista. “Ese libro todavía me da mucha satisfacción”, aseguró. “Ahora la gente está más receptiva a ese tipo de libro, aunque no fue igual cuando salió”. En la actualidad, cuenta con tres libros, incluyendo En el reino de la garúa: Décima Jornada y En el reino de la garúa: Primera Jornada. Este último ha sido escogido como finalista en los premios ILBA (International Latino Book Awards) en cuatro menciones. “Como Las mil y una noches, es una novela (En el reino de la garúa) que va a tener mil y un microcuentos”, sostuvo del Carril, quien tiene su propio sello editorial: País Invisible.

Emilio del Carril y su hijo. Foto suministrada.

“Mi hijo me enseñó a ser maestro”, comentó el autor, quien ya había develado sus ritos para escribir: “…la casa debe estar limpia, incienso y vela”. “Yo todo se lo explicaba como si fuera una persona adulta. Yo nunca creí en cambiar demasiado el discurso con el que me dirigía hacia él. Lo hacía sencillo, pero no tonto, y todo se lo explicaba”, puntualizó.

Ahora que su hijo Emilio se encuentra realizando el doctorado en neurobiología en la Universidad de Berkeley, del Carril compartió cómo se siente ante la ausencia: “Es una experiencia de mutilación, de luto. Es como si a tu sistema solar se le fuera el sol, entonces tienes que dar vueltas alrededor de la nada y buscar otro núcleo —que no es fácil. Uno nunca se acostumbra a la partida de un hijo. Uno aprende a sobrellevarlo”, dijo.

Finalmente, conversó sobre su sentir acerca del tiempo que vive nuestra isla. “Me gustaría que el pueblo fuera tan bullanguero como tolerante, y abierto a mejorar el país sin depender de la burla. Ver el acoso despiadado me asusta mucho”, concluyó.

De esta manera y agradecida por la oportunidad de escucharle, me despedí de él, confiando que la llovizna de su lápiz seguirá inventando una multiplicidad de universos en los que reímos, nos asombramos, lloramos, en fin, vivimos.

Foto suministrada