Los Cien veintiún años después: Arte y nación

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Si me fuera del lado de la creencia esotérica y la capacidad intuitiva (de las que soy fervorosa admiradora), podría concluir que este reencuentro —veintiún años después— se debió a una suerte de serendipia que comenzó en la Librería La Esquinita, en Santurce. Pero ¿quién soy yo para determinar los juegos del Universo? 

Ya cuando los observaba de frente, mientras la fotógrafa Valeria Falcón para 90 Grados esperaba para pulsar el disparador, tuve la extraña sensación que esa acción de encontrarlos y encontrarse refería a un plano que yo al menos no alcanzaba a comprender del todo. 

Mientras que en una tarde habitual visité aquella librería, el escritor y librero Luis Negrón me comentó que podría encontrar otros libros, colocados en una especie de pequeño anaquel móvil. Así estuve un rato, curioseando y escogiendo, hasta que me topé con un libro en cuya cubierta podía leerse: “como la rosa de Jericó” y unos diseños que a mí me resonaban al viento. No me había detenido en el lomo del libro. Abrí; la página cinco confesaba el material del texto (que luego supe que se denomina “catálogo”). 100 años después… 100 artistas contemporáneos. Y debajo: reflexiones en torno a la presencia norteamericana. Al final de la página: noviembre 1998, san juan, puerto rico. Ya Luis se me había acercado y le comenté mi hallazgo. «Yrsa viene por aquí», algo parecido me expresó. Se lo agradecí, lo compré, imaginé la posibilidad de escribirle a ella y que me contestara.

Veintiún años después de la publicación de este catálogo y la magna exhibición, representantes de Los Cien conversaron con 90 Grados sobre aquella monumental experiencia. Foto por Valeria Falcón

Días después, inventé un cuadro a gran escala. Yrsa Dávila —quien fuera la encargada de la coordinación general de la monumental exposición de arte de Los Cien— aceptó enseguida y amable. Pasaron aproximadamente dos meses y aquí estamos.

Ellas y ellos se ríen de forma articuladamente alta, hablan al mismo tiempo, se miran, se reconocen una vez más. Yo no hubiera querido interrumpirles, pero no quedaba de otra. Nos reunimos en torno a una mesa ubicada en uno de los espacios del Departamento de Bellas Artes, en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Aquello fue una clase magistral para mí. 

Rápidamente, Yrsa me habló de Taí Fernández. «Sería bueno que te comunicaras con ella», dijo. Taí había sido la responsable del diseño de la portada del catálogo, que a su vez se inspiró para la misma en el cartel conmemorativo del evento que también había creado. Mediante intercambio de correos, Taí me relató su visión. Así, la rosa de Jericó pasó a ser para ella una «metáfora visual» que alude a la capacidad de esta planta de «resucitar en contacto con el agua». «Se convirtió un buen día en metáfora de la identidad cultural puertorriqueña, que sobrevive/¿resucita? siempre a pesar de cualquier sequía. (¡O a pesar del huracán más devastador!). Procedí a dibujarla en sus varias facetas —desde cerrada y seca hasta abierta y verde— y así fue tomando forma la imagen. El diseño se transfirió a un tamiz fotoserigráfico en el taller de Fernando Paes, con la ayuda de él y de Lilianna Rivera, e imprimimos el cartel entre varios de los amigos artistas, incluyendo a Paloma Todd, quien también colaboró conmigo en la selección del papel».

El catálogo combina ensayos, como el relacionado al performance de El caballo de Troya boricua, y la reproducción de obras. Foto por Valeria Falcón para 90 Grados

Igualmente, Yrsa —con esa inquietud del agradecimiento que no quiere olvidarse— me contó sobre la intervención “maravillosa” de Ivette Román. Me comuniqué e Ivette me escribió: «La pieza que compuse para este evento se titula Cuatrienio. Es una pieza a capela y minimalista que inserta en La Borinqueña la palabra “cuatrienio”, innumerables veces —después de cada línea o frase o palabra cantada– para transformar el himno nacional en un comentario político y para producir una emoción en la audiencia. (…) La pieza la hice en el patio exterior, en un momento en que el público acababa de ver otro performance y se dirigía lentamente hacia otro lugar. El himno parecía parte natural de la ceremonia de inauguración. Es muy importante celebrar momentos de la historia entre colegas y amigos que comparten tu visión política, especialmente cuando no es la visión oficial y nos sentimos a veces tan solos y sin apoyo».

De este modo, el colectivo de Los Cien, representados en este encuentro por Yrsa, Lydia “Puchi” Platón, Fernando Paes, Rafael Rivera Rosa, Paloma Todd y Lilianna Rivera, no solo accedió de manera generosa y enérgica a conversar de aquel acontecimiento sino a responder preguntas acerca del desarrollo del arte contemporáneo, la debatible calificación del arte, los artistas como entes que resisten ante la violencia colonial, entre otras, a veces seguidas por notables silencios o estruendosas carcajadas.

En cuanto al mencionado evento, auspiciado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña —que finalmente contó con más de cien artistas, con una diversidad generacional evidente, y permaneció cerca de un año en el Arsenal de la Puntilla, en el Viejo San Juan, con un sinnúmero de visitantes—, cabe destacar que a cada artista se le invitaba a presentar piezas que significaran su propio entendimiento experiencial de esos cien años desde la invasión norteamericana. Por lo tanto, no se «limitaba a un mensaje nacionalista», explicó Yrsa. Ya casi concluida nuestra reunión, ella retomó el tema: «La exhibición, al final, resultó tener una carga mucho más política que la que nosotros nos planteamos porque si la miras ahora, te das cuenta de que el discurso de cada una de las piezas y la exposición en general  es bien fuerte». Indudablemente, el compromiso del colectivo era tan inmenso que incluyó una obra de Elizam Escobar, titulada: Bandera de la libertad sorda, que para entonces cumplía condena en una cárcel estadounidense como preso político.

Las artistas Paloma Todd y Lydia Puchi Platón comparten el encuentro con las memorias. Foto por Valeria Falcón para 90 Grados

Dos décadas después, el panorama se ve más claro. Para Rafael, el valor del proyecto residió en la consigna que permitía que cada artista elaborara su propio punto de vista («es la mejor manera de hacer curaduría», expresó), que redunda también en el enriquecimiento actual que tiene releer los ensayos y ver las obras (que aparecen en el catálogo). Mientras, para Puchi —quien subrayó el poder que siempre ha tenido el arte puertorriqueño— «la memoria visual del verano (la llamada revolución del verano de 2019) está en una onda que reverbera con esto que pasó (refiriéndose al evento de Los Cien)». De igual modo, la artista afirmó lo siguiente: «Algo sí cambió en estos veinte años. Los discursos de las identidades son radicalmente diferentes. El discurso de la asimilación sería algo que sí revisaríamos hoy porque asimilamos de otro modo». Por su parte, Yrsa —que narró todo un árbol ancestral diverso en nacionalidades, visiones y estilos de vida— admitió que: «ese discurso (con relación a la «visión nacionalista tan férrea») me chocaba, pero fue una manera de resistir y tener un punto de referencia y de afincarse». 

En la continuidad de las reminiscencias, Paloma evocó a El caballo de Troya (boricua) que ingresó en Guánica el 25 de julio de 1998. La gran estructura —que contenía a más de cincuenta artistas, diseñada por Rafael Trelles y José “Checo” Cuevas— sirvió de representación para diversos hechos históricos. «Puerto Rico es un laboratorio experimental en muchos planos. Lo que me gusta de volver a ver estas imágenes (en alusión al catálogo) es que hay una intimidad en cómo cada cual aborda esa violencia». Y desde su experiencia de haber residido fuera de Puerto Rico por 14 años y haber regresado justo para ese momento posMaría y el verano de este año, Paloma agregó que: «Sentí que, para que esto pasara de esa manera, había un linaje político y artístico; eso no se pudo dar en la nada».

El reencuentro de Los Cien fue una conjunción suprema para la evocación de la Historia del Arte en Puerto Rico. Foto por Valeria Falcón para 90 Grados

Sobre lo contemporáneo, creo que de alguna forma todos comparten la misma reflexión. Por ejemplo, aunque Fernando reconoció que en aquella época —quizás— sí podía llegar a cuestionarse qué era contemporáneo, ahora no. Así, Puchi puntualizó que, incluso cuando existe «mucha palabra sobre la práctica», no hay que sujetarse necesariamente a un significado absoluto que lo defina. Claramente, luego de tantos años, es inevitable que el arte se manifieste diverso. Tal como apuntó Yrsa «ahora la calle es el espacio de exhibición». También, el colectivo representado en la mesa concordó en la respuesta a la ansiada pregunta de «¿qué es arte y qué no; todo es arte?». Rafael aseguró que esa percepción es individual y que cada artista tiene unas acepciones particulares. «Es alquímico», comentó Puchi. «En este proyecto, el arte es el pretexto para compartir una memoria histórica», concluyó ella.

Yrsa completó el pensamiento, ofreciendo unos datos históricos: «La primera exhibición de arte digital la hizo Heriberto González, en el Museo de Arte de Ponce, a finales de los ochenta. Luego, Luiggi Marrozzini abrió el primer taller de diseño, arte e impresión digital en Puerto Rico e inauguró con una exposición de obras digitales de Teo Freytes. Es a mediados de los noventa que comienza el “boom” digital en Puerto Rico porque Bill Viola y otros pioneros llevaban trabajando el medio desde los ochenta. A finales de los noventa y luego de mucha resistencia por parte de artistas que entendían que el arte digital no era arte, ya que lo hacía una “máquina”, se comienza a reconocer la “máquina” como una herramienta más del arte».

Como seguimiento a la vinculación del arte con el movimiento político (visto desde la ejecución ciudadana-colectiva), Yrsa enfatizó en que el primero es el gran conector, como se demostró este pasado verano. Ahora bien, sobre el arte político (aquí cabría una disertación de este tema: ¿qué es arte político?, ¿todo arte es político?), ella sostuvo que «era un período (el referente a la década de los años cincuenta, por ejemplo) en el que se entendía que el artista tenía la responsabilidad, la obligación, de transmitir las ideas políticas a través de su arte». Por su parte, Rafael señaló: «Creo que nosotros (la Generación del Cincuenta) tomamos la tarea de hacer nuestro arte y no estar sujetos a lo que aprendimos, que en un momento dado nos sirvió mucho políticamente».

Como parte del catálogo, se encuentran las obras de Carlos Raquel Rivera y Elizam Escobar. Foto por Valeria Falcón para 90 Grados

A interrogantes que corresponden a la función de la crítica de arte, Fernando distinguió que actualmente los artistas son quienes se «apoderan del discurso teórico». Para Puchi son los propios artistas quienes están creando el archivo de sus obras. 

La gran diferencia entre las décadas de los ochenta y los noventa, y el momento presente: para aquel entonces existían múltiples fondos destinados a la financiación de los proyectos artísticos. «En la medida en que entramos en la década del 2000 —que empieza la crisis económica fuerte— las empresas (privadas) recortan esos fondos y las mismas instituciones (públicas) se quedan sin fondos», explicó Yrsa. Según Lilianna, antes, los artistas recibían un premio al mérito mientras que ahora son estos quienes deben presentar propuestas para brindarle un servicio al ICP; «como artista tienes que ofrecerle un proyecto» (como la ejecución de talleres, entre otros). 

Ya en el pensamiento detenido sobre la relevancia de aquella gesta, Taí consideró en su planteamiento escrito que: «Quizás algún día se verá aquel evento como una especie de pase de página en cuanto a formatos, siendo que los noventa trajeron cambios importantes en la mirada al arte puertorriqueño; cambios que han seguido tejiéndose a través de las décadas posteriores (pienso en Santurce es Ley, por ejemplo). Los avances tecnológicos y digitales han propiciado otras texturas en la fibra misma del quehacer visual en Puerto Rico. Por eso pienso que aquel proyecto posiblemente marcó el fin de una era y el inicio de otra. Pero eso está, como dije, por verse, y le tocará a los historiadores del arte hacer esas lecturas». 

Finalmente, quise escudriñar si podría suceder otro junte de esta magnitud en algún momento próximo. Yrsa no abandona la posibilidad. Tictac, tictac, tictac. 

 

Imagen de portada: De izquierda a derecha, Fernando Paes, Paloma Todd, Lilianna Rivera, Lydia “Puchi” Platón, Yrsa Dávila y Rafael Rivera Rosa. Foto por Valeria Falcón para 90 Grados