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Hay complicidades notorias desde lejos (reseña)

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A quien no quiere caldo, tres tazas, diría el conocido refrán. De cierta manera, este podría resumir —de alguna forma— el inicio de la trama de Mi difunta tiene novio. Dos hombres que no querrían a priori tener ningún tipo de relación se ven impulsados a entablarla, no solo por cierto pasado en común, sino porque la existencia, de algún modo inevitable, nos mueve a la búsqueda del otro. 

Y este hecho se ve sutilmente retratado en la puesta en escena durante un momento que causa gran risa en la audiencia, pero que además guarda un frágil y maravilloso intercambio entre estos dos seres ya viejos: uno intenta abrir la tapa de un envase, pero no puede, y el otro trata disimuladamente de lograrlo, pero tampoco lo hace. Hay entonces cierta rendición ante la imposibilidad física, mas no ante la memoria que insiste en reunirlos. 

Dicha pieza teatral —adaptación de la película para televisión Mr. Halpern and Mr. Johnson (1983) y protagonizada por los reconocidos actores Laurence Olivier y Jackie Gleason— juntó nuevamente y de forma magistral a René Monclova (Mr. Halpern) y Jorge Luis Ramos (Mr. Johnson) en el escenario, esta vez del Teatro Braulio Castillo, en Bayamón. Tanto el hábitat teatral como la escenografía y la iluminación alcanzaron esa comodidad cercana que se agradece al entrar a una sala de representación. Incluso, ciertos movimientos direccionales de los actores/personajes “conversaban” con los asistentes, por lo que nos veíamos como público invitados a la aproximación.

La pérdida física es en esta obra la generadora de reflexiones que juegan con la adaptación por la que sobrevive la memoria a nuestras necesidades, percepciones y deseos. Foto suministrada

De modo que René y Jorge Luis, dirigidos por el experimentado Gilberto Valenzuela, mantuvieron el espacio contenido, moderado y en una exquisita tibieza que evidenció que la comedia llega a su registro más elevado cuando todos los involucrados en la misma reconocen que el ingenio minucioso, cuidado, como las partecitas de un reloj, es el que dota a la virtud cómica. Así, la obra, que se afirma exclusivamente en los diálogos de estos dos personajes y que ocurre únicamente en un cementerio, se percibe suave, incluso ante la aparente rivalidad ocasionada por el encuentro tras la muerte de la esposa de Mr. Halpern y muy amiga de Mr. Johnson, Florence. Y aunque solo conocemos el aspecto de la mujer —interpretada por la actriz Yamaris Latorre y su extensa sonrisa— a través de proyecciones que recuerdan a las diapositivas antiguas, son las evocaciones de estos “enemigos” las que conforman el retrato complejo de la esposa, de la amiga, del amor platónico o no.

Los personajes que circundan toda la pieza hacen un recorrido dialogístico por el tiempo, el amor, y cómo estos inciden en la percepción que tenemos del otro. Foto suministrada

Con esta producción de Corporación Teatro Latino, presentada durante el Primer Festival de la Comedia, del mencionado teatro, y dedicado a René, podría decirse que se visibiliza lo dicho por el filósofo hispanorromano Séneca: «Lo mismo es nuestra vida que una comedia; no se atiende a si es larga, sino a si la han representado bien. Concluye donde quieras, con tal de que pongas buen final». 

Mi difunta tiene novio comienza y termina sin estridencias. Al igual que la anécdota de la tapa imposible de abrir, las flores que lleva Mr. Johnson a la tumba de Florence —que no forman parte de las prácticas ceremoniales judías— nos regalan un intercambio memorable entre él y Mr. Halpern, quien acota la antítesis de la hermosura de la ofrenda de Mr. Johnson ante lo nada bello de la muerte. Quizás no era una afirmación final y firme de Mr. Halpern, sino esa necesidad, el intento de comprender en voz alta.

La antítesis -en ocasiones- es solo un espejismo que se rompe cuando se comparten los espejos -la verdad íntima de cada quien. Foto suministrada

Pero el verdadero “final” —disculpen mi atrevimiento— fue cuando René y Jorge Luis se desvistieron de sus personajes y salieron a compartir generosos con quienes habíamos sido su audiencia. Antes, cuando a René se le homenajeó y él con una sonrisa liviana, como quien agradece con sincera humildad, Jorge Luis se distanció —físicamente— de su compañero con sincera admiración, como quien quiere que su camarada reciba toda la atención. Y es que una obra artística puede ser virtuosa en un sinnúmero de maneras, mas la carne, la enjundia, estaría incompleta sin el estallido final de la verdad. 

 

Imagen de portada: Jorge Luis Ramos y René Monclova no han abandonado su complicidad artística que lleva fraguándose hace décadas. Foto suministrada

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