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Dean Zayas, la narración mítica del teatro y una energía ancestral

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Me despojo. Y lo digo desde el acto de la limpieza espiritual. Este ritual lo he hecho tantas veces, pero esta noche padece una conversión. No pretendo renunciar a lo sucedido, tampoco cargo hoy la piedra de Sísifo. El incienso, la foto de mi abuela joven saludando a la cámara, los cuarzos —en mi mano derecha, una obsidiana— y la vela blanca son una guarida calientita en esta especie de congoja que no entiendo. 

Sólo sé que él y yo no estábamos solos. Allí había algo de remota ancestralidad. Lo decía la huella negra de un pie izquierdo sobre el piso escenográfico. Toda la rusticidad del ambiente no hacía más que apetecer una suerte de conmoción, de la que ocurre sin que nadie la anticipe. Había temido el encuentro. Desconozco las razones específicas del miedo; quizás era algún temor a ser la entrevistadora de un entrevistador conocidísimo y respetadísimo, y quedarme vagando en la periferia.

Llegó con tenis y un tipo de chaqueta deportiva azul para resistir el frío del teatro. El bastón no desarticulaba con la vestimenta. Al contrario, parecían sostenerse uno a la otra o viceversa. Nos sentamos; algo así como en una v cercana. Le pregunté acerca del teatro como experiencia espiritual en tanto como imaginario introspectivo. Aunque mencionó los orígenes religiosos y rituales del arte aludido, fue tan preciso como «la flecha cuidadosamente apuntada» de Horacio Quiroga. Comentó la comunicación pura, la alcanzada comunión, la naturaleza interpretada por los artistas, la recreación de vidas que aspiran a conmover otras, la aparición de mundos.

Entonces quise evocar una cita del dramaturgo estadounidense Arthur Miller acerca del teatro y la humanidad. «Cierto», me dijo. Y rememoró palabras de Federico García Lorca sobre el teatro y el alma de un pueblo. «Tengo miedo de que Puerto Rico se quede sin alma», habló en una aflicción sosegada que se apoyaba en unos ojos no tan grandes que yo imaginaba nadando en agua.

Escena de la obra “La piedra oscura” dirigida por Dean Zayas. Foto por Eric Borcherding

Para ese momento o después, —sólo han pasado unas horas y ya he olvidado el tiempo— detuve la entrevista por un instante larguísimo para mí y le pedí disculpas por las lágrimas. Estoy convencida de que no se lo esperaba (yo tampoco). Le comenté sobre su pasión, sobre todo lo que ha hecho y no dije más. Me alentó a no preocuparme por mi pequeño llanto hasta que en un momento luego o posterior —he perdido memoria del reloj— él me confesó estar emocionado. Nos reconfortamos con una anécdota suya que a ambos nos pareció graciosa. Había visitado él a un psicólogo durante cuatro sesiones hasta que el experto le expresó: «Tú sabes lo que te está pasando. ¿Para qué me vas a pagar por decirte cosas que sabes? Lo que sucede es que piensas mucho». Yo asentí con la cabeza; recordé que a mí me han dicho lo mismo infinitas ocasiones. Rápido quise saber: «¿Y volviste adonde el psicólogo?». «Dejé de ir. Él debiera pagarme a mí», exclamó en una risa que no era abismal, pero sí contagiosa.

Cuando lo escuché narrar su experiencia docente, me encantó una afirmación suya: «ése me oyó», refiriéndose a los actores y a las actrices que en la representación él puede percibir sus consejos. Lo manifestó con la sencillez de quien sabe que el arte tiene «leyes inquebrantables», que se nace y se aprende a ser artista en medida proporcional y que en la exigencia del teatro reconoce a su vez poder aceptar lo que los artistas proponen.

Protector de la palabra, del texto, conversó acerca de la obra a estrenar el viernes en la Isla con Ernesto Javier Concepción y Pedro Colón como los actores protagonistas: La piedra oscura, del dramaturgo español Alberto Conejero. Repitió la palabra «amor» y sostuvo cómo los seres somos capaces de romper las convenciones cuando amamos: a una pareja, a la patria, a la madre, a los hijos. Y Lorca, sin duda, ronda la habitación del hospital militar en donde se escenifica. «Yo estaba destinado a querer a Lorca», había comentado él al comienzo de la entrevista.

Siento que fui atrevida cuando le interrogué sobre sus miedos. Inmediatamente, le aclaré que mencionara únicamente lo que sintiera querer decir. Creo que tuve cierta angustia leve porque mi pregunta le incomodara. Hasta ahora todo marchaba bien. No tuvo inconveniente. Me contó que antes tenía miedo a envejecer, pero que al llegar a la edad que ostenta ahora ya no le teme. «No le tengo miedo a la muerte», aseguró, aunque sí a perder a las personas que ama y su voz se quebró algo; creo que ese no miedo es a la propia. Volvió a aliviar la pesadumbre cuando narró su creencia existencial cuando nos morimos. «La esencia perdura», declaró para añadir que en el otro plano nos reencontraremos con las personas que hemos amado y con aquellas que no nos hemos llevado tan bien. Le respondí que entonces era igual que en este plano. Y dijo algo así como «exacto» y nos echamos a reír.

Escena de la obra “La piedra oscura” dirigida por Dean Zayas. Foto por Eric Borcherding

«¿Qué te abate en cuanto a temas sociales?», interrumpí, confiada en que había afirmado que prefería el tuteo. «El desconocimiento de la gente que está en posiciones de poder y de decisión», pronunció. Con relación a la situación política, «ya es tiempo de definirnos», determinó.

Le reconocí que no quería irme, que deseaba seguir escuchándolo, pero que no pretendía afectar el ensayo. Amable y jovial, me invitó a seguir preguntando. «El director británico Laurence Olivier (y corrigió suave mi fatal pronunciación) dijo: “¿Qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿Y qué es actuar bien, sino mentir convenciendo?”», y quise saber si cree en esa premisa. «Sí» y explicó que el teatro es una mentira que tienes que creerte por el tiempo que te exige la pieza que la creas y «no todo el mundo puede ser un gran mentiroso».

Casi para terminar, inquirí: «Si te dijera que escribieras una oración que resuma tu biografía, ¿cuál sería?». Su contestación me dejó callada. Me confesó su epitafio. «Es una cita de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry; mi libro de cabecera. “Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!”».

Quise abrazarlo. Le pedí permiso. «Claro», habló el director Dean Zayas. Me respondió el gesto. «No te olvides de mí», procuré decirle. El miedo a equivocarme se ha esfumado. El incienso ya no está encendido y la foto de mi abuela ha volado hasta caer en otro lugar y de otra manera. Lo demás sigue casi intacto, como mi melancolía.

Pedro Colón y Ernesto Javier Concepción protagonizan “La piedra oscura”, dirigida por Dean Zayas. Foto por Eric Borcherding

 

La obra de teatro La piedra oscura, producida en la Isla por Jhosean Calderas y Escena Latina, se presentará desde el viernes, 15 de marzo, en la Sala Experimental Carlos Marichal, en el Centro de Bellas Artes, en Santurce. Para boletos, acceda a www.tcpr.com o llame al 787-792-5000. La pieza cuenta con el diseño de escenografía y luces de Israel Franco, vestuario de Alba Kerkadó, música de Chenan Martínez, utilería de Cristina Sesto, maquillaje de Ricky Diadoné, y José Gabriel Santana en la coordinación y la gerencia de proyecto. 

www.cba.pr.gov

 

Imagen de portada: Dean Zayas. Foto por Eric Borcherding

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